En última instancia, la preparación es más que simplemente de ensamblar un kit y formular un plan de evacuación; se debe reconocer la tensión fundamental entre nuestro deseo de belleza natural y los peligros inherentes del mundo natural. Se trata de reconocer que vivir en un paisaje propenso a los incendios exige un estado constante de vigilancia, un compromiso con la mitigación proactiva y la voluntad de aceptar los riesgos inherentes.
Ignorar esta realidad es imprudente y es una negación de las fuerzas fundamentales que dan forma a nuestro mundo y una apuesta con consecuencias muy serias.